domingo, 11 de octubre de 2015

Apuntes sobre otra visita a mi tierra

Por: Luis Amílkar Gómez

Recientemente estuve de visita en lo que queda de la República Dominicana.
Digo lo que queda, porque cada vez más me doy cuenta, que me han estado robando el país que dejé al cuido de mis compatriotas.
“Cada vez hay más desigualdad”.
“Cada vez hay más corrupción”.
“Cada vez hay más asesinos a sueldo o de gratis”. “Cada vez hay más miedo en los rostros de mi gente”. “Cada vez hay menos esperanza”.
 “No se puede confiar en nadie”.
“Ni en el maldito gobierno,
“ni en la policía”,
 “ni en el vecino”,
“ni en el amigo”,
 “ni en la misma familia”.
 Todos creen que se lo merecen todo.
“Una buena yipeta”,
“un penthouse”,
“mucho dinero para gastar”,
“un buen whisky”,
“una megadiva”, “y hasta una "segunda base".
 Como si fuera tan fácil batear un doble.
 ¡No te metas por allí!.
¡Ten cuidado si te paran!.
“Los policías son los primeros asaltantes”.
Esas eran de las advertencias de mis amigos y familiares.

En el pasado, la única advertencia de mi madre era que no llegara muy tarde.

Del Aeropuerto de Santo Domingo viajé a Punta Cana con mi familia en un vehículo alquilado.
Me cobraron por un día, lo que yo pagué en Florida por una semana.

Todo eso con una actitud de sí "o lo tomas o lo dejas".
Los trabajadores de esos negocios, parecen timadores, que no tienen el mínimo entrenamiento para atender a visitantes del extranjero.
 
La carretera a Punta Cana es definitivamente una súper-vía.
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Es de primer orden en cualquier parte del mundo.
Con una celosa vigilancia, que a todas luces es excesiva, ya que por allí casi no transita nadie por lo caro de los peajes.
 
Conté unas 13 camionetas de Obras Públicas en ese tramo carretero.
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Su función es de ayudar y proteger a cualquier conductor que sufra un percance en lo que llega la grúa.
Además, el servicio de remolcar el vehículo es completamente gratis.
 
La zona turística de Punta Cana y Bávaro está fuera de serie.
Hoteles de primera por doquier.
Un amigo me lo había pintado de esta manera: no parece estar en Dominicana.
 
El sector privado nacional y extranjero han invertido todo el dinero del mundo más veinte pesos en ese lugar.
Centros comerciales modernos, lujosas discotecas, oficinas bancarias, excelentes restaurantes y modernos edificios de vivienda.
Mis amigos políticos me preguntarán ¿qué hizo el gobierno para desarrollar este polo turístico?.
La respuesta es nada.
 
Ni siquiera tuvo la previsión de construir un sistema de alcantarillado y una planta de tratamiento de aguas negras que garantice que nuestro subsuelo no fuera dañado.
 
Imagínense, millones de personas defecando cada año sin tener ningún depósito bajo tierra.
 Y, para colmo, mierda extranjera.
 
Tarde o temprano, esas playas y edificaciones serán afectadas por los desperdicios vertidos y resolver el problema no será tarea fácil para ninguna firma de ingenieros.
Se dice que ya hay playas que han comenzado a humedecerse y a despedir olores no muy agradables.
 
Los trabajadores de los hoteles devengan salarios de miseria.
Son explotados inmisericordemente.
No pueden hablar de aumento de salarios porque son despedidos sin ninguna contemplación.
Hablar de un sindicato es como mencionar la madre de uno de esos explotadores modernos.
 
Aún así, hay que ver la sonrisa y las atenciones de esos dominicanos atendiendo a nuestros visitantes.
Cualquiera diría que son trabajadores felices, bien pagos, con buen seguro médico y con becas para sus hijos en la España abusadora.
 La mayoría de estos trabajadores viven en barrios de Higüey y Verona, ya que los alquileres en la zona turística es imposible para ellos.
 
Anduve por la famosa carretera que une a Santo Domingo con Samaná.
La vía está impecable.
El problema está, en que el diseño se pensó más en ahorrar dinero a la compañía constructora, que en tener un tramo seguro y corto para llegar al mencionado polo turístico.
Eso explica las innumerables y peligrosas curvas del trazado, en lugar de construir puentes a través de las lomas y hacerlo más directo.
 
Esta acción ha traído como consecuencia muchos accidentes con innumerables pérdidas de vidas humanas, entre ellas, la de mi compueblano Quilvio Cabrera, ex-director del Instituto Agrario Dominicano.
 
Quilvio Cabrera.
Allí solo vi una camioneta de Obras Públicas.
Es obvio, que la seguridad vial no es una prioridad en esa parte del país.
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Se podría decir que hay discriminación en la asignación de estos vehículos, ya que no vi ninguno desde Nagua hasta Santiago.
 
El Santiago en el que viví y trabajé en mis años juveniles quedó sepultado en el pasado.
Ya Santiago no es limpio, no es seguro ni es tampoco civilizado.
 
Ya casi nadie es amable.
La gente se ve agresiva.
Los asesinatos, asaltos y los robos están a la orden del día.
Se percibe un ambiente feroz, donde nadie cede nada a nadie.
 El tránsito urbano es una desgracia.
La verdad es que fue un milagro no tener un accidente entre tanta agresividad y poco deseo de compartir las calles con los demás.
 La arrabalización de la ciudad es imperdonable.
Los transeúntes no tienen por donde caminar.
Hay negocios instalados en las aceras por toda la ciudad.
Incluso, uno de esos tarantines, llega al colmo de aceptar tarjetas de crédito como medio de pago en plena vía pública.
 No puedo viajar a mi país sin visitar a mi natal Sabaneta en Santiago Rodríguez.
Sabaneta está mucho más limpia que Santiago y su gente luce mucho más relajada.
Como siempre, es el hogar de gente muy orgullosa y sus casas, que generalmente se pintan cada año, lucen en buenas condiciones.
Le mostré a mis hijos la escuela elemental donde estudié y les expliqué que se llamaba José María Serra y que a algún perverso se le ocurrió, medalaganariamente, cambiarle el nombre por Ana Joaquina Hidalgo.
 Visité a mi tío Ramón Gómez, como siempre lo hago, en Villa Los Almácigos.
Aproveché que era miércoles para explicar a mis hijos lo que era una feria en nuestros pueblos noroestanos.
Claro, usé la ocasión para adquirir uno de mis dulces favoritos que es el de naranja en yagua, una exquisitez de la región.
 Viajamos a Santo Domingo en Metro.
Este es uno de los servicios de autobuses organizados más antiguo del país.
Seguro, limpio, profesional y siempre saliendo y llegando a tiempo.
Es una de esas cosas que han sobrevivido al caos y al desastre que han traído los tiempos.
 Nunca me ha gustado la capital.
La desorganización del transporte urbano afecta todas las demás actividades de la ciudad y el comportamiento de sus ciudadanos.
En la zona de Naco, donde nos hospedamos, todo es de primera.
Las calles bien asfaltadas, limpias y señalizadas.
Centros comerciales que no tienen nada que envidiar a sus similares del llamado primer mundo.
El Ágora está fuera de serie.
 Caro, eso sí, muy caro.
Los barrios capitaleños de Villa Consuelo y Villa Juana dan la impresión de que el tiempo no ha pasado por allí.
Sin agua desde los años 70 y sus aceras semi-destruídas que nadie se molesta en reconstruir.
¡Cuánta paciencia tiene esta gente!
 “A pesar de los políticos corruptos”,
“a pesar de vivir en la inseguridad”,
“a pesar de la miseria que arropa a gran parte de la población”,
“a pesar de la falta de agua y luz”,
“a pesar de los bajos salarios devengados”,
 “a pesar de que lo único que tiene garantizado es la muerte”, el dominicano todavía sonríe.
 Ojalá que nada ni nadie te quite esa sonrisa.

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